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Primera entrada del blog

No voy ni a cambiar el título a la entrada. Me viene bien, así que soy práctica y lo dejaré así. Hace un tiempo habría escogido con cuidado el tema del blog, las fotos y las palabras. Pero hoy no tengo tiempo de eso porque soy mujer, madre y trabajadora a tiempo completo. Mi hija acaba de cumplir el año y aún pasamos muchas noches en vela. Cuando no son los resfriados, son los dientes. Y si no, otra cosa. “Cuando cumpla el año todo será más fácil”, me decían. ¡Mentira! 

Mi marido no tiene un trabajo fijo y es quien la cuida. Y me alegro que así sea, pero nadie entiende mi sentimiento de culpa. Ni puedo explicarles la envidia que siento. Ni yo misma lo entiendo. Así que vivo en una tormenta de sentimientos contradictorios que no había sentido nunca. A veces me pregunto si soy bipolar o si habrá otras madres que se sienten como yo.

Mi vida, como la de tantas otras madres hoy en día (espero), es una locura, un caos absoluto donde todo se hace “sobre la marcha” y según van surgiendo las cosas. ¿Qué ha sido de mi anterior yo, la que todo lo planeaba? ¿Quién soy ahora? ¿En qué me he convertido?

No tengo ni puta idea.

Y no sé si quiero averiguarlo.

El caso es que se me ha ocurrido crear este rincón para escribir lo que me apetezca. Es mi espacio. Mi momento. Lo mismo escribiré en mi descanso de la comida que encerrada 5 minutos en el baño. No tengo más tiempo.

Vivo en un altibajo de emociones y los días tristes, lo único que me hace sonreír es ella, mi hija. Pero espero que el hecho de hacer como que alguien más me escucha, convierta al menos los amaneceres grises en atardeceres de película.
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La gran mentira de la Conciliación 


Son las 00:19 horas. Me desperté esta mañana a las 6:45 h. y hasta hace 19 minutos no he parado. Literalmente. Ni la “jornada de verano” (que no es ni intensiva ni reducida) es una maravilla, ni me puedo echar las siestas con las que soñaba… Siempre hay una pequeña que se despierta y activa cuando su mamá llega, aunque solo lleve 10 minutos dormida. Y después de un día acelerado, donde mi única victoria ha sido poder ducharme y sentarme a ver Juego de Tronos, me encuentro con este artículo sobre Conciliación (esa gran mentira) en El País y este otro de Laura de @malasmadres.

Y ahora no paro de darle vueltas a todo, de volver al punto de partida. Pienso en cuando la jornada de verano acabe y lleguen las noches a las 6 de la tarde. Cuando no haya tiempo de ir al parque a columpiarnos, ni de dar paseos. Cuando vuelva a ser una madre desaparecida sin remedio y haya días en los que me cueste dar calidad a ese tiempo.

Tiempo. Siempre me falta tiempo, mientras que es el mismo tiempo el que se me escapa de las manos…

Y culpa, la maldita culpa que siempre está presente… No me vale ninguna excusa. Nada que nadie pueda decirme me consuela. Porque nadie que no lo viva lo entiende…

Yo soy su madre, me necesita y yo a ella. Soy su madre y merezco estar con ella. Pero no puedo. No me dejan. Y se me parte el alma de pensar que cuando me necesite no estaré, estará otro, que la cuidará muy bien, pero no soy yo.

Por eso me he visto reflejada en cada palabra de estas dos blogueras. Yo, actualmente, no puedo cambiar mi situación. Estoy contenta profesionalmente, pero mi empresa no concilia y ese es un valor importante. Puede que yo para mí ya lo dé por perdido, pero desde luego lo voy a luchar por todas las otras madres y padres y, por supuesto, por que mi hija en su futuro cuente con una conciliación real y plena. Sin mentiras y con tiempo.

#PorUnaConciliaciónReal 

#NoaltimodelaConciliación

Cómo manipulan a los padres a través del miedo

Soy profesional de la comunicación y me apasiona. Y ahora más que nunca me doy cuenta de cómo se usan los medios de comunicación para manipular, desinformar y provocar el pánico en muchos ámbitos. Noticias tristes, perturbadoras, escándalos, desastres… Cualquier matanza, accidente o engaño es contado con todo lujo de detalles, como si en el mundo no pasaran cosas buenas. Porque las cosas buenas “no venden”.

Particularmente, ahora lloro con cualquier noticia triste en la que se vea involucrado un niño. Y me da un vuelco el corazón cuando muere asesinada otra mujer, solo pienso en que ya jamás podrá volver a abrazar a sus hijos y verlos crecer.

No sé si el mundo anda más loco, yo soy más consciente del peligro o ahora hay más manipulación que nunca en los medios.

Y por mucho que se equivoquen, los comunicadores, como nuestro amigo Javier Cárdenas, tienen un poder inmenso en sus manos. Tanto que mi hija tiene mañana la cita para las vacunas del año y tengo miedo. Porque ha sembrado la duda en mí. Yo, que ni siquiera me había planteado la relación vacuna-autismo. Yo, que creo en la ciencia firmemente y por encima de muchas cosas. Yo, que soy comunicadora y sé cómo funciona este mundo… ¿Por qué? Porque ahora soy madre y como tal, siempre tengo miedo.

Miedo a que mi hija tome grandes cantidades de aceite de palma.

Miedo a que tome ciertas galletas avaladas por la Asociación Española de Pediatría.

Miedo a la Meningitis B.

Miedo cada vez que no tengo más remedio que dejarla en la guardería.

Miedo a que por alguna maldita razón sufra autismo, después de ponerle las vacunas de mañana.

Gracias compañeros comunicadores por jugar a hacer dinero con el miedo de millones de padres y madres en todo el mundo…

Vivo mi maternidad estresada 

“Un sueño que muestra una realidad: vivo acelerada, sin disfrutar, totalmente estresada.”


Hoy he tenido un sueño bastante esclarecedor de cómo me hace sentir a veces la maternidad.

Estábamos de vacaciones, disfrutando en familia. TODA la familia. Abuelos incluidos. De repente veo que mi hija tiene un corte en el brazo derecho. Parece un corte pequeño, justo en el pliegue del interior del codo, pero como es tan “rechonchita” no se lo había visto antes. En un momento, el corte crece y crece hasta que le deja el bracito colgando. Ya sabéis cómo son los sueños, que nos asustamos por todo y nada. Un bracito colgando y ella estaba tan feliz. 

En un momento casi cómico, aunque yo lo viviera con mucha angustia, la tenía en mi regazo sujetándole el bracito “para que no se despegara”, mientras le gritaba a todo el mundo que necesitaba un hospital. Ella tan contenta me señaló  a donde quería ir y el bracito salió volando. Sí, así. ¡¿Horror?! ¿¡Pánico?! Ahora empieza lo bueno.

Mi marido lo recoge y se lo pega. Tan tranquilo.

La abuela, a la que llamo a gritos para que me acompañe al hospital, viene andando muuuy despacio y mirando escaparates. Tan tranquila.

El abuelo me lleva en su coche al hospital y se pierde por el camino. Casi chocamos porque va mirando y usando el móvil con ambas manos a la vez que conduce. Y tan tranquilo.

Llego al hospital y hay como unas 100 personas esperando en recepción. Nadie me atiende y la recepcionista que por fin lo hace, me mira muy sonriente y me dice que allí no atienden eso, pero que me puedo ir al pueblo de al lado. Tan tranquila.

¿Y yo? Obviamente de los nervios. Solo faltaba que me hija saliera hablando y me dijera: “Mamá, si esto no es nada… Tú, tranquila.”

Menos mal que ha sonado el despertador y he comprobado que mi hija estaba entera.

No sé nada de psicología, pero éste es un sueño que muestra una realidad: vivo acelerada, sin disfrutar, totalmente estresada. Un sueño que me hace reflexionar sobre la tranquilidad. No porque la situación no fuera para estar de los nervios, sino porque he de aprender a dar a las cosas la importancia justa que merecen. En situaciones críticas soy capaz de sacar a flote el poder de autocontrol que llevo dentro y soy la más cuerda. Pero en el día a día, necesito esa tranquilidad con la que todo el mundo parece estar conviviendo, el buen humor con el que pasean otras madres, las banalidades que preocupan a otros padres. Y sobre todo, necesito disfrutar de mi maternidad. Porque es para toda la vida.

“¿Dejaremos de sufrir algún día?”


Esta mañana hemos salido la peque y yo a comprar temprano. Normalmente, los sábados estoy para el arrastre después de toda la semana y hasta el medio día no soy persona, pero mi hija lleva dos noches enteras durmiendo del tirón y eso se nota. Así que después del desayuno hemos bajado a la calle.

Casi en el portal, un señor de esos que van con traje y corbata aunque haga 40 grados a la sombra me ha parado y me ha dicho: 

-“Señora, ¿me permite que le haga una pregunta?”

Y yo que estaba pensando “¿¡Qué?! ¡¿Señora?!” no me ha dado tiempo a reaccionar cuando me ha plantado un panfleto en la cara y me ha preguntado:

– “¿Dejaremos de sufrir algún día?”

Ufff, vaya con la preguntita… Yo un sábado tan temprano no estoy para estas cuestiones filosóficas, oiga. Eso le tenía que haber dicho, pero **ño, es que la pregunta es buena.

Menos mal que una vecina que venía detrás de mí le ha contestado enseguida:

– “¡Cuando nos muramos! ¡Ahí dejaremos de sufrir todos, mi alma!”

Me ha dado tiempo a escabullirme y ahí los he dejado filosofando sobre la vida y la muerte (e imagino que lo que hay después de ella) al señor de la congregación/secta y la “miarma” sevillana.

Por el camino, yo no paraba de pensar en la pregunta. Desde que soy madre, el miedo y el sufrimiento se han intensificado considerablemente. Y aunque sé que es imposible, quisiera coger a mi hija y meterla en una burbuja para que no sufra nunca, para que nunca le hagan daño. Con lo loco que está el mundo y las cosas que se ven en las noticias… 

Luego la miro y comprendo que el miedo es inevitable y que mi deber como madre no es evitar que sufra, sino hacer que sus sufrimientos sean pocos y leves. Tengo que acompañarla y enseñarla a vivir la vida con todo lo que conlleva y luchar por que tenga muchos más momentos de felicidad que de sufrimiento.

“No quiero ser madre” – La maternidad temida


Tengo una compañera de trabajo que se está pensando tener un bebé solo por complacer a su pareja. 

Y aunque no me lo ha pedido, le he dado mi consejo, porque yo ya soy madre y me creo capaz de ir dando lecciones a la gente. Sí, lo sé, tendría que haberme callado… Pero no he podido evitarlo, porque sé lo que conlleva ser madre y aunque me parece en parte un gesto de amor, mi consejo ha sido que no debe hacerlo por nadie más que por ella misma. Probablemente me equivoque y sea hasta un mal consejo.

Pero la maternidad es muy dura. Tanto que en la mayoría de ocasiones sentimos que no estamos preparados. Hay que estar mentalmente muy concienciado y fuerte para afrontar un cambio tan enorme. Más aún si es algo que no esperas o deseas. Porque la maternidad significa, en mayor o menor medida, renuncia y sacrificio. Te alejas de ti misma para convertirte en un ente desaliñado y protector que ha enterrado el egoísmo en lo más profundo de su alma, pensando siempre primero en tu retoño y después, si hay tiempo, en ti.

Cuando eres madre, renuncias a muchas cosas: a dormir, a relajarte, a progresar en tu vida laboral, a ir siempre arreglada, a tu pareja… En definitiva, a tener una vida sin la enorme responsabilidad de criar a un hijo… Poco a poco todo vuelve a su sitio (o eso espero), pero ya nada será igual…

Quisiera pensar que ella no solo lo hace por él y que lo que le pasa es algo tan natural como tener miedo. Y en este caso, también le di mi consejo (sin haberlo pedido, claro). La maternidad, a pesar de todo, merece la pena, porque es la experiencia más maravillosa que puede sentir el ser humano. El miedo no te va a abandonar nunca, pero los instantes de felicidad absoluta que te brinda la vida con un hijo borrarán tus miedos de un plumazo. Te lo aseguro.

Noches en vela después del año

Una de las cosas de las que más me río ahora es de cómo pasé la temible cuarentena. Y no porque lo pasara bien, que lo mío tuve, sino porque después de un año, mi bebé sigue despertándose cada noche. Y yo sigo sin saber qué le pasa. Cada noche parece algo distinto… ¿Será hambre? ¿Los dientes? ¿Frío? ¿Calor? 😩

Hace unos 15 días que ella decidió dejar el pecho, con el que se quedaba dormida enseguida (ya solo hacia la toma de la madrugada) y a veces me pregunto si simplemente me echará de menos. Entonces sólo quiero cogerla, mecerla y que se duerma en mis brazos… Pero es agotador. Y me siento culpable por desear que se vuelva a dormir y soltarla en su cuna. Ya dije que igual soy bipolar. O solo una madre muy cansada con muchas noches en vela a las espaldas. Y las que te rondaré, morena…

Lista de reflexiones por hacer

Ahora que la peque duerme y estoy sola en casa, antes de caer rendida en la cama después de un lunes muy lunes, os voy a contar un secreto. Yo antes era muy de hacer listas. Tengo una amiga que sin duda me gana, pero yo era de las que hacía un esquema para todo y subrayaba en colores y con dibujitos. Mis apuntes molaban, por mucho que se ponga ahora de moda el #studygram. El caso es que voy a rescatar un poco de mi yo anterior y voy a dejar por aquí una lista de cosas/personas sobre las que me gustaría escribir, para que no se nos olvide a ninguno de los dos.

  • A esa amiga que va un paso por delante en la vida y te dice “¿qué me vas a contar a mí?”
  • A mi hija, para que entienda por qué a veces necesito desconectar, aunque nunca lo consiga del todo.
  • A mí misma: ¿por qué coño necesito un blog como terapia? 
  • A esas amigas que tratan de ayudar con audios en el grupo de Whatsapp.
  • A los padres del parque que siempre tienen prisa.
  • A mi marido, por ser el mejor padre y compañero
  • A mi gato, perdóname porque ya no te acaricio como antes 
  • A los sueños e ilusiones que he ido perdiendo en la vida

Esto solo es una lista, desordenada y en bruto, pero significa que detrás hay un propósito. Aunque me pone muy nerviosa tener una lista de cosas por hacer, creo que es la única manera de no olvidar que tengo que hacer que esta terapia funcione. Por mi yo anterior y mi yo de hoy… ¡Más me vale!